La Catedral de Florencia: Símbolo del Renacimiento y su poder

La Catedral de Florencia, conocida oficialmente como Santa María del Fiore, es el símbolo indiscutible de la ciudad. Su maravillosa cúpula se destaca desde lejos, alzándose majestuosa entre las colinas y el cielo de la Toscana. Sin embargo, llegar a verla terminada fue una verdadera odisea de orgullo y perseverancia.

El origen: Una cuestión de prestigio

En el lugar donde hoy se encuentra esta maravilla, estaba originalmente la Iglesia de Santa Reparata, construida en el lejano año 400. Según cuentan las crónicas, para la época en que empieza nuestra historia, la iglesia estaba totalmente arruinada.

A finales del Siglo XIII (allá por el 1296), Florencia empezaba a consolidarse como una ciudad de gran importancia. Como tal, no podía permitirse que su catedral fuera de menor prestigio que las de sus vecinas y rivales: Siena o Pisa. Con ese espíritu competitivo, los florentinos pusieron manos a la obra.

Un siglo de tragedias y demoras

Poco después del inicio, empezaron los problemas. En 1302, solo seis años después de colocar la primera piedra, muere Arnolfo di Cambio, el arquitecto original. A partir de ahí, los trabajos se volvieron lentos e incluso llegaron a suspenderse durante años.

En 1334, el poderoso Gremio de la Lana tomó cartas en el asunto y contrató al genial Giotto para continuar la obra. Pero la mala suerte seguía rondando: Giotto murió en 1337 y, para colmo de males, en 1348 llegó la Peste Negra. Lo único que Giotto pudo terminar fue el campanile (el campanario) que hoy lleva su nombre.

«Il gran buco»: El hazmerreír de Italia

Para el año 1380, casi un siglo después del inicio, se terminó la nave central. Pero la cúpula seguía sin aparecer. Cuentan las malas lenguas que los vecinos de Siena y Pisa se burlaban de los florentinos, llamando a su preciosa catedral “Il gran buco” (el gran agujero).

Habían querido construir la iglesia más grande de la Cristiandad, y en su lugar tenían el agujero más grande de la Cristiandad. Pasarían casi 40 años más hasta que, en 1418, finalmente se encontrara la solución.

El genio detrás de la cúpula

El problema técnico era inmenso: se entusiasmaron tanto con las dimensiones que no calcularon cómo cerrar la cúpula a 54 metros del suelo, cubriendo un diámetro de 55 metros. Parecía un reto imposible… hasta que apareció Filippo Brunelleschi.

En ese momento, Brunelleschi era un desconocido con una idea única. Aunque no dejó planos y mantenía su trabajo en secreto absoluto, fue el único capaz de cerrar ese «gran buco». No sabemos si fue por su poder de convicción o por la desesperación de los florentinos de dejar de ser el centro de las burlas, pero por suerte aceptaron su propuesta. Gracias a esa decisión, hoy podemos admirar esta obra maestra.


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