La magnífica Catedral de Milán es la imagen por excelencia de la capital de Lombardía. Antes de los desafíos que trajo la pandemia, Milán ya era (y sigue siendo) mundialmente famosa como la ciudad de la moda y el glamour. Motor impulsor de Italia en la posguerra, su historia es, en realidad, milenaria.

Fue capital del Imperio Romano en el año 300 d.C. y dominó casi todo el norte de Italia bajo el poder de los Visconti. Pero hay un dato que pocos conectan de inmediato: ¡fue el hogar del gran Leonardo da Vinci por más de 20 años!

Leonardo vivía y tenía su taller en lo que hoy es el Palacio Real, a solo unos pasos de la catedral. Existen documentos que confirman que el genio trabajó en algunos planos para el campanario. Podemos imaginarlo saliendo de su casa y controlando el avance de unas obras que, para su época, ya llevaban casi 100 años en marcha.

Un sueño «endiablado» y 500 años de espera

Todo comenzó en 1386. Cuenta la historia que el Duque Gian Galeazzo Visconti tuvo un sueño inquietante: el mismísimo Diablo le ordenaba construir la iglesia más grande de la cristiandad para salvar su alma y espantar los males. Aunque parezca contradictorio que el demonio pida una iglesia, Visconti no perdió tiempo. Siendo el señor de una de las potencias del momento, puso todos los medios para iniciar la obra.

Lamentablemente, ni él ni sus sucesores la verían terminada. El Duomo de Milán se inauguró oficialmente en 1865. ¡Casi 479 años después de la colocación de la primera piedra! El responsable del empujón final fue nada menos que Napoleón Bonaparte, quien quería ser coronado Rey de Italia precisamente en esta catedral.

El Duomo en números: Una mole de mármol y fe

Si pusiéramos el Duomo al lado de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la comparación sería asombrosa. Sus cifras marean a cualquiera:

  • La quinta catedral más grande del mundo.
  • Dimensiones: 158,5 metros de largo y 93 metros de ancho.
  • Capacidad: Puede albergar hasta 40.000 personas.
  • Detalles infinitos: Cuenta con 135 gárgolas y 3.400 estatuas.

Entre esas miles de estatuas, lo sacro se mezcla con lo profano. Puedes encontrar desde un hombre de las cavernas hasta un homenaje al boxeador Primo Carnera. También hay retratos de Dante Alighieri, Arturo Toscanini y hasta un relieve de Mussolini.

Dato curioso: Con tantas estatuas, el mantenimiento es constante y carísimo. Existe una iniciativa donde puedes «adoptar una estatua» para colaborar con su preservación. ¡Un regalo original si te sobra un «vuelto»!

La Madonnina: El techo espiritual de Milán

La verdadera estrella es La Madonnina. Esta estatua de la Virgen, hecha en bronce dorado, nos mira desde los 108,5 metros de altura desde 1774.

Según la tradición, ningún edificio en Milán podía ser más alto que la Madonnina. Durante décadas, esto impidió la construcción de rascacielos. Sin embargo, cuando la tecnología superó la tradición, se encontró una solución muy italiana: en el edificio de la Región de Lombardía (161 m), se colocó una réplica exacta de la virgen en el último piso para que siguiera siendo el punto más alto de la ciudad.

Caminando por los cielos de Lombardía

Lo que hace único al Duomo es que puedes pasear literalmente entre sus gárgolas. Las terrazas son accesibles al público y ofrecen una vista cercana de los pináculos y de la Madonnina.

Puedes subir en ascensor (€17) o por escalera (€13). En ambos casos, siempre queda un tramo final a pie, pero te aseguro que vale la pena. No es solo la vista de Milán; es el paseo entre las agujas de piedra lo que te deja sin aliento. Una vez terminada la visita, no hay mejor plan que ver caer el sol sobre la plaza mientras disfrutas de un clásico aperitivo milanés.


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