El Castillo de Sant’Angelo es uno de los monumentos más icónicos y fascinantes de Italia. Esta impresionante mole que sobresale al otro lado del río Tíber (el famoso Tevere) ha vigilado la Ciudad Eterna desde tiempos remotos. Su origen se remonta al año 135 d.C., cuando fue concebido inicialmente como el mausoleo del gran emperador Adriano.
Aunque su función fue cambiando drásticamente con el paso de los siglos —pasando de ser un monumento funerario a una fortaleza papal y hasta una prisión—, el edificio conserva su estructura original. Curiosamente, su forma recuerda a la de un pastel de bodas, con diferentes capas circulares que se van reduciendo en tamaño a medida que subes. En la parte más alta, coronando la estructura como si fueran los «novios» de esa torta, se distingue la imponente imagen de un Ángel con una espada.
La leyenda que cambió el nombre del monumento
Para entender por qué hoy lo conocemos así, debemos viajar al año 590 d.C. En aquel entonces, la ciudad de Roma estaba sumida en una oscuridad profunda, víctima de una terrible peste que diezmaba a la población. El sufrimiento y la desesperación crecían cada día, y no parecía haber salida.
Fue en ese momento de crisis cuando el Papa Gregorio I decidió organizar una solemne peregrinación de penitencia. Cuenta la leyenda que, mientras la comitiva cruzaba el antiguo Puente Elio (conocido hoy como el Puente de Sant’Angelo), ocurrió algo milagroso: el Papa vio al Arcángel San Miguel posándose sobre la parte más alta de la Mole Adriana (como se llamaba al edificio en ese tiempo) y desenvainando su espada hacia el cielo.
¡A los pocos días, la peste terminó por completo!
Un protector eterno en las alturas
En honor a este hecho milagroso, se decidió cambiar el nombre de la estructura: dejó de ser la «Mole Adriana» para convertirse en el Castillo de Sant’Angelo. Asimismo, se mandó erigir una estatua del Ángel en la cúspide para que, desde lo más alto, pudiera velar por la seguridad de los romanos por siempre.
Hoy, cruzar el puente flanqueado por ángeles y entrar en esta fortaleza es como atravesar un portal en el tiempo que conecta la Roma imperial con la mística y la fe de la Edad Media.
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